La fiebre constructora y el precio de la paz

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Construyen. En todas partes. De día y de noche. Llevan los ladrillos a hombro, suben y bajan las escaleras de la favela, sudan la camiseta y no cejan en su esfuerzo.

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“Aquí usan las terrazas como si fuesen terrenos. Los venden y en un pispás construyen una casa de dos plantas”, me comenta un policía de la UPP, la Unidad de la Policía Pacificadora.

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Uno de los efectos de la pacificación es la revalorización inmobiliaria de la favela. No importa que haya basura por todas partes, canalización al aire libre, ratas por doquier y cucarachas del tamaño de un elefante. Alquilar una casita puede oscilar entre 600 reales (240 euros) y 3.000 reales (1.200 euros).

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Los moradores son conscientes de ello y quieren aprovechar el momento. Construyen porque es muy caro alquilar. Construyen para alquilar y ganar un sobresueldo. En algunos casos, incluso para vender.

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La favela pacificada no es inmune a la burbuja inmobiliaria que está convirtiendo Rio de Janeiro en una de las ciudades más caras del mundo. Entre 2008 y 2012, los inmuebles en la ciudad maravillosa se revalorizaron un 165%. O sea, un piso que en 2008 valía 100.000 reales, ahora cuesta 265.000. Más o menos lo mismo que ha pasado en España en la década pasada. No hay que tener un Nobel en economía para prever que esta burbuja pasará factura al Brasil olímpico después de 2016.

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Vera, mi vecina, ya lo está sufriendo en sus carnes. Acaba de tener un hijo y vive con su familia, cuatro personas, en un cuarto de unos 15 metros cuadrados. Le gustaría mudarse, pero su economía no se lo permite. “Yo tengo una casa grande en Ceará, en mi tierra, y estoy intentando venderla por 8.000 reales (3.200 euros), pero no voy a poder conseguir más de 5.000 reales (2.000 euros). Con este dinero no hago nada en Rio”, cuenta con serenidad.

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Vera vino hace cinco años del interior de Ceará. “Allí padecemos una fuerte sequía, hace dos años que no llueve, no hay trabajo, no hay nada que hacer. Alguna vez me he planteado volver, ¿pero qué vamos a comer? Quedarnos aquí significa pagar un alquiler altísimo y ganar un salario mínimo, pero volver al Nordeste es condenarse a la muerte”. La única solución que se le ocurre es marcharse a una favela no pacificada.

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–       Allí todavía hay tráfico de drogas y las casas son más baratas.

–       ¿No tienes miedo de los tiroteos?

–       Ya lo viví aquí en Santa Marta, estoy acostumbrada.

–       Pero ahora tienes dos hijos, ¿de verdad que no te da miedo?

–       No, yo no salgo mucho de casa. Aquí cuando pegaban tiros, me tiraba al suelo y esperaba a que terminase. Tampoco es tan terrible. Pero al menos en una favela no pacificada puedo tener una casa de verdad. No sé cuánto tiempo voy a poder aguantar en este cuarto tan pequeño.

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Es la otra cara de la pacificación. Por increíble que parezca, hay personas que extrañan los tiroteos porque no pueden pagar el precio de la paz.

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