Policías: ¿enemigos o pobres diablos?

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No debe ser fácil ser policía en una ciudad como Rio de Janeiro, y menos aún trabajar en una favela como agente de la UPP (la Unidad de la Policía Pacificadora).

La Policía de Rio de Janeiro es una institución que provoca recelo y miedo entre la población carioca. No sólo los habitantes de las favelas les temen por los abusos que cometen impunemente. La clase media, estos cariocas con solera que viven cerca de las playas de Leblon e Ipanema, también sienten pánico. Hace poco una mujer me contaba que fue víctima de una estafa: una banda criminal llamó a su casa en plena noche y le hizo creer que había secuestrado a su hija. Mientras se dirigía hacia un punto x de la carretera para entregar el dinero del rescate, descubrió que había sido engañada. Por miedo a alguna represalia, abandonó el coche en el medio de la autovía y buscó ayuda. Paró un coche, buscó refugio en el vehículo y se tiró al suelo, muerta de miedo.

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Agente del BOPE

–       Pero mi pesadilla no había acabado. Era un policía el que había parado. Estaba de paisano, con su mujer.

–       ¿Y tuviste miedo?

–       ¡¡Claro!! Un policía puede ser aún peor que un bandido. Enseguida le dije que tenía dos amigos en el BOPE (el batallón especial de la Policía Militar). El insistió en llevarme a un cuartel, yo no quería, lo último que me faltaba, ser maltratada por un teniente cualquiera. Pero me dijo que era su obligación y me aconsejó que avisase en el cuartel que tengo estos amigos en el BOPE, que siempre ayuda en estos casos.

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Los abusos policiales aparecen una y otra vez en las conversaciones, ya sea con los activistas, con grafiteros de las favelas o con jóvenes de la clase media en una roda de samba en Santa Teresa. Hasta el secretario de Seguridad del Estado de Rio de Janeiro, Jose Mariano Beltrame, lo decía hace poco en una entrevista: “A la sociedad no le gusta la Policía”.
http://veja.abril.com.br/noticia/brasil/entrevista-jose-mariano-beltrame-a-sociedade-nao-gosta-da-policia

El Gobierno de Rio está intentando rehabilitar la imagen de la Policía a través de la UPP, empleando agentes jóvenes alejados del mundo de la corrupción. Pero nadie parece fiarse de ellos.

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Observo con interés a estos policías imberbes que patrullan por las calles de Santa Marta. A algunos, el fusil les viene grande. Intentan mantener una relación cordial con la población local, lo cual no debe ser fácil. Ganan muy poco, de allí que tienen que tener dos y tres profesiones. La alternativa es dedicarse a los negocios paralelos, como el control del narcotráfico o la extorsión de los comerciantes en las favelas pacificadas. Algunos ganan tan poco que también viven en la favela, y enfrentan la desconfianza de los vecinos o mienten sobre su profesión.

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Le pregunto a uno de los activistas del ‘comité revolucionario’ si realmente cree que estos pobres diablos son el enemigo. “Yo sé que son trabajadores, proletarios como yo. Pero están donde están y aceptan ejercer la fuerza contra nosotros. Hoy se habla de pacificación pero aquí no hay nada pacificado, hay una ocupación armada de las favelas. Los fusiles no han desaparecido. Simplemente has pasado a manos de otros. No podemos tolerarlo”.

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