Un hombre firme

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Vitor es uno de los guías turísticos de Santa Marta. “Vivo en el ático de la favela”, le gusta decir con un toque de ironía, porque su casa es la más alta, está casi en la cima de la montaña donde nació la favela. “Mi familia lleva en esta casa cinco generaciones. Mis tatarabuelos fueron cofundadores de la favela. Comenzaron a construir la comunidad de arriba para abajo por aquello de imitar la estructura del quilombo [n.d.r.: comunidad formada por afrodescendientes e indios huidos del trabajo esclavo], para controlar a los enemigos desde arriba”, explica Vitor.

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Desde hace dos años, carteles de protesta adornan la fachada de su casa y de las casas vecinas: “Expulsión blanca”. “Sos”. Temen la ‘remoção’, es decir, ser realojados lejos de aquí, en un edificio que están construyendo en la parte baja de la favela.

“Encima de un vertedero, 50 años de basura acumuladas allí. Nadie quiere vivir en aquellas casas. Es una zona peligrosa, insalubre y el edificio está siendo construido con materiales de baja calidad. Cubículos de 32 metros en los que quieren que vivamos hacinados, escuchando los susurros de cada vecino”, señala Vitor.

"Nadie quiere vivir en un edificio construido encima de un vertedero"

“Nadie quiere vivir en un edificio construido encima de un vertedero”

El ayuntamiento alega causas de fuerza mayor para justificar el posible realojo: aseguran que hay riesgo de desmoronamientos. Para Vitor, es una mentira que esconde un plan de especulación urbanística en una zona de gran interés turístico.

–       Aquí nunca ha pasado nada. En la época del gobernador Brizolla, hicieron unas obras de contención para recoger las aguas pluviales y por eso, nunca hubo un alud. Las verdaderas razones son obvias y saltan a la vista desde la terraza de mi casa. ¡Mira qué panorama! Vistas de 180º de todo Rio de Janeiro: Teresópolis, el puente de Niterói, la bahía de Guanabara, el Pão de Açúcar, el morro de Urca, Leme, las playas de Copacabana, Ipanema e Leblon, la Lagoa y el Cristo Redentor. ¿Te parece poco? Además, con la pacificación se ha recuperado el mirador de Dona Marta, que está justo aquí atrás. Antes nadie venía aquí por miedo a las balas. Ahora es un ir y venir de turistas. Hay incluso un helipuerto. ¿Lo sabías?

–       No.

–       Entonces comprenderás que mi casa en un plato muy goloso para cualquiera que quiera montar un hotel o un restaurante turístico, o ambas cosas.

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Vitor comenzó a sospechar que algo iba mal cuando empezaron las obras del PAC, el Programa de Aceleración del Crecimiento lanzado en 2007 por el Gobierno de Lula, con el objetivo de mejorar infraestructuras básicas como saneamiento, vivienda, transporte, energía y recursos hídricos.

–       Comenzaron a asfaltar y mejorar todas las calles de las favelas, menos la nuestra. Cambiaron los postes eléctricos de madera en toda la favela, menos aquí. Reforzaron las escalera en todas partes, pero aquí nadie hacía nada. Cuando preguntaba, me respondían que mi calle estaba fuera del PAC y que no iban a acometer ninguna obra.

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–       ¿Y qué hiciste?

–       Comencé a investigar, por mi cuenta. Creamos una Comisión de Moradores del Pico de Santa Marta y gracias a ciertos contactos, supimos que hay un plan secreto para echarnos de aquí y construir viviendas de lujo. Yo he visto hasta los planos.

–       Pero ¿cómo os pueden echar de aquí? Es ilegal.

–       Muy simple. Nos cortan el agua y la electricidad todo el tiempo, para hacernos la vida imposible.

–       ¿Cómo sabes que es un corte y no es una avería?

–       Porque viene un tipo y corta los cables en nuestra cara.

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–       ¿Tan descaradamente?

–       Sí, no se cortan un pelo. Además, si te fijas en la favela casi no hay casas de madera, sólo en la parte alta. A nosotros nos gustaría hacer reformas, pero no nos dan la licencia. Si quieres construir una casa de ladrillos, te arriesgas a que te la derriben. Ya le ha pasado el hermano de Verónica, la conoces, ¿verdad?

–       ¿La guía turística?

–       Exacto.

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Según Víctor, hay un total de 152 familias excluidas de las obras del PAC. Ese guía de 31 años lleva dos años protestando y resistiendo, como le gusta decir. Su casa se viene abajo, poco a poco. Sólo tiene un dormitorio, en el que duerme e con su esposa Fabiana y dos hijos.

–       Mis padres tuvieron que irse, porque la parte de abajo ya se había vuelto peligrosa. Están en Niterói. Mi sueño es reconstruir la casa tal y como era. Fue una casa con mucha solera. Mi abuela tenía aquí un terreiro de umbanda [n.d.r. religión brasilera basada en el polisincrentismo]. Era una casa de samba: en mi familia había varios músicos, siempre había rodas de samba en la terraza. Aquí han sido compuestos varios samba enredos para distintas escuelas de samba. No es sólo una construcción. Es mi vida, mi historia, aquí están mis raíces.

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–       ¿Por eso no quieres irte?

–       Exactamente. Hace un tiempo una pareja de argentinos me ofreció 350.000 reales por la casa (unos 135.000 euros). Les dije que es un área declarada de riesgo y ¿sabes que me respondieron? “Riesgo para vosotros, no para nosotros”. ¿Te das cuenta?

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No es sólo por la tradición. La zona en la que vive Vitor es un pequeño paraíso natural, en el que se pueden ver macacos, tucanes, armadillos, capibaras y hasta cobras venenosas. Casi no ha ruido. Víctor, que es paisajista y músico, adora sentarse en su pequeña terraza y perder la mirada en el horizonte, en compañía de su guitarra.

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–       ¿Sabes de dónde vienen estas ventanas? De Copacabana. Las encontré en la Avenida Atlántica. Cuando los ricos hacen obras, tiran de todo.

–       ¿Y cómo las llevaste hasta aquí?

–       A hombro, hija. ¡Qué remedio!

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Más de 4 km separan Copacabana de Santa Marta. No consigo imaginar cómo una persona pueda trasportar unas ventanas tan pesadas a hombro y después subirlas hasta la cima de la favela.

–       Ahora con el bondinho es todo más fácil. Pero antes era todo a hombro. Construimos la favela pedazo a pedazo con mucho esfuerzo y por eso no queremos irnos. Hemos sobrevivido a muchas cosas. La época de las guerras por el control del narcotráfico fueron terribles. Mira aquí, todavía puedes ver los rastros de las balas. Muchas personas se refugiaron detrás de estas paredes cuando había tiroteos. Es mucha historia.

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Vitor y su esposa Flaviana en la terraza de su casa

"Mira el rastro de las balas".

“Mira el rastro de las balas”

"Mira el rastro de las balas".

“Mira el rastro de las balas”.

Vitor asegura que la esencia de la favela es una comunidad unida y solidaria, de inmigrantes nordestinos que se juntaban porque solos no habrían podido ganar la batalla contra la mata atlántica. Había grupos de trabajo para todo: para desmatar, hacer la canalización, recoger la basura, construir las casas…

–       Mi casa es un patrimonio inmaterial que nadie puede pagarme, no tiene precio. Prefiero que me aplasten, pero no voy a vender. Si ganan la batalla, al menos podré mostrar al mundo la arbitrariedad con la que nos están tratando desde la llegada de la Policía Pacificadora.

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Cuando cuento a los cariocas del asfalto sobre la preocupación de estos moradores y de los movimientos que los representan, suelo recibir respuestas incrédulas y escépticas. “La gente flipa. No van a construir urbanizaciones de lujo en el medio de una favela, ¿Quién va a querer vivir allí?”. Sin embargo, creo que hay una parte de verdad en estas protestas y lo digo por una razón muy sencilla: luchar, protestar, resistir… son actividades desgastantes, física y psicológicamente. ¿Para qué si no empeñarse en hacer oír su voz y en clamar en contra de la especulación en una de las ciudades socialmente más desiguales del planeta?

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–        El riesgo de desmoronamiento no es real, es una gran mentira. Como es mentira el programa de desarrollo que pregonan los políticos. ¿Qué es el desarrollo? ¿Comprar un televisor de pantalla plana y un celular de última generación? Esto es consumo. Desarrollo es invertir en salud y educación. ¿Dónde están estos planes?, concluye Vitor con tristeza.

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Un pensamiento en “Un hombre firme

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