Guerra en Copacabana

Pavao

Foto: Salete Martins

Lo decía ayer Thayná, la hija de Gilson, antes de que empezaran la protesta en Copacabana. “No me parece buena idea que vengas a verme a la favela. Está todo muy raro. Enfrentamientos entre bandidos y Policía… Tengo miedo de que pueda acontecer algo”.

No pasaron ni tres horas de esta conversación, que se montó el lío. Un muerto y varios coches quemados en uno de los barrios más turísticos de Rio de Janeiro, y a sólo un mes y medio del Mundial.

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Los tumultos comenzaron por una protesta por la muerte de Douglas Rafael da Silva Pereira, un conocido bailarín de 26 años que incluso salía en uno de los programas de tele más vistos en Rio, Esquenta. Su cuerpo fue encontrado en una guardería con claros signos de violencia. “Tenía muchas marcas de patadas en el cuerpo”, ha denunciado su madre, enfermera.

La sangre de Douglas, según moradores de Pavão/Pavãozinho en Twitter

La sangre de Douglas, según moradores de Pavão/Pavãozinho en Twitter

Hay dos teorías sobre la muerte del chaval y ambas apuntan a la UPP, la Policía Pacificadora, como autora del crimen. Algunos moradores dicen que el chico se quejó con unos agentes por la moto de un amigo, incautada bajo la acusación de haber sido robada. Según otra versión, Douglas huyó de un tiroteo entre Policía y narcos, se refugió en la guardería, donde habría sido descubierto y pegado hasta la muerte. La Policía Militar no ha confirmado ni desmentido ninguna de las dos versiones.

Douglas en el programa de TV Esquenta

Douglas en el programa de TV Esquenta

Douglas era muy querido por todos, un ejemplo para la comunidad. “Un tipo humilde y simpático con todos. Siempre hablaba conmigo”, recuerda Thayná. Por eso la reacción de los moradores ha sido tajante. Rio de Janeiro vivió ayer por la noche escenas de guerrilla urbana: barricadas, personas corriendo, pedradas, ventanas rotas, coches ardiendo, bombas y finalmente, un intenso tiroteo en el que perdió la vida un chico de 27 años, que recibió un tiro en la cabeza. Una de las arterias principales del barrio, Nossa Senhora de Copacabana, tuvo que ser cerrada.
Esta galería de fotos del diario O Globo da una idea de cómo fue la noche: http://oglobo.globo.com/rio/protesto-confusao-no-pavao-pavaozinho-12267387

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El caso es que no es la primera vez que los moradores de Pavão, Pavãozinho y Cantagalo protestan por los abusos policiales. El 2 de abril hubo otro revuelo en estas favelas por la muerte de dos personas a tiros. En esta ocasión, los habitantes de las tres comunidades también bajaron a la calle y protestaron delante de la estación de metro General Osório. En marzo pasó algo parecido y hubo dos días de enfrentamientos armados. “Pero ésta ha sido la peor de todas. Sentí mucho miedo. Todo Copacabana ayer se murió de miedo”, asegura una moradora, que dice tener pavor de la Policía.

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Las muertes a manos, supuestamente, de policías militares y las denuncian de abusos policiales se están convirtiendo en la regla, más que la excepción, en varias favelas pacificadas. Lo peor es que no hay investigaciones exhaustivas por parte de las autoridades. Los moradores se quedan con la idea de que una Policía violenta y arbitraria mata a su gente, mientras los responsables miran para otro lado. ¿Dónde queda la verdad entonces? ¿No sería mejor reconocer los errores y alejar los agentes corruptos, escenificando una catarsis? ¿O, en el caso contrario, demostrar con investigaciones fehacientes que la bala que mató a tal joven vino del fusil de un narcotraficante?

Hay algo que se me escapa en esta ‘guerra’ y en esta ‘pacificación’, cuyo nombre cada día me parece más inapropiado, casi una broma de mal gusto.

La artesana y la bala perdida

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Andréia es artesana. Hace souvenirs con materiales reciclados, que su marido Paulo vende a los turistas en su pequeña tienda en Santa Marta, cerca de la estatua de Michael Jackson.
https://historiasdelapacificacion.wordpress.com/2013/03/07/la-basura-en-dona-marta/

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Además, da clase en artesanía en otra favela, en el Brizolão de Cantagalo. Tiene varias alumnas y su idea es que poco a poco se conviertan en colaboradoras para aumentar su línea de producción. “No doy abasto, todo lo que vendemos está hecho a mano”.

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Como prácticamente todos los artistas y artesanos de la favela, es autodidacta. “Yo no puedo permitirme un curso de arte en el Parque Lage a 1.200 reales al mes (unos 460 euros). Mi primera cartera la hice copiando la de una amiga. La abrí en canal para ver cómo estaba hecha por dentro y usé un brick de leche para reproducirla”, asegura Andréia.

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–       Oigo cada vez más voces críticas con la UPP. ¿A ti la pacificación te ha aportado algo bueno?

–       ¿Y los dudas? Yo soy artesana hace 10 años y sólo ahora consigo vivir de esto, gracias al turismo que llega a la favela pacificada.

–       ¿No tienes problemas con la presencia de la UPP?

Andréia: "Mira mi mano, por aquí pasó una bala perdida"

Andréia: “Mira mi mano, por aquí pasó una bala perdida”

–       Mira mi mano. Por aquí ha pasado una bala, ésta sólo me rozó. Pero la pierna… ¿ves este hueco? Tenía 10 años, estaba durmiendo, lo recuerdo como si fuese ayer. Sentí un dolor muy intenso y comencé a llorar. Mi hermana llamó a mi madre. Cuando entró en el cuarto, me encontró en un lago de sangre. Una bala perdida había entrado por la ventana directamente en mi pierna.

Una bala perdida entró en su pierna mientras estaba durmiendo. Tenía 10 años

Una bala perdida entró en su pierna mientras estaba durmiendo. Tenía 10 años

–       ¿Y qué hicisteis?

–       Bajar al hospital.

–       ¿En el medio del tiroteo?
–       Claro, ¿y qué vas a hacer? ¿Morirte desangrada en tu casa? Bajamos entre tiros, como pudimos, fue horrible, pero en el hospital pudieron extraer la bala y no pasó nada grave.

Las alumnas de Andréia conocen la historia de la bala perdida durante la entrevista

Las alumnas de Andréia conocen la historia de la bala perdida durante la entrevista

–       Debe de haber sido un shock para ti.

–       Verás, yo hoy estoy mucho mejor. Creo que los que critican la pacificación es porque no han conseguido adaptarse a los nuevos tiempo. Yo viví todas las narco guerras de Santa Marta: Zeca contra Cabeludo, la escalada al poder de Marcinho VP… ¿Qué hice en aquella época? Llevarme bien con todo el mundo y abrir un bar al lado de la escuela de samba. Vendía cerveza a los traficantes.

–       ¿Trabajabas entre fusiles?

–       ¿Y qué iba a hacer? No tenía mucha opción. Ahora la favela está pacificada y puedo vivir de lo que más me gusta. Hago toda la producción en mi terraza, con mis hijos y mi marido. Mi hijo menor pinta, es el artista más joven de la favela. Tengo 31 años y estoy feliz, mucho más que en la época de las guerras.

Los graffitis de Cantagalo

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En Cantagalo descubro a Acme, el graffitero que ha llenado de color los callejones de esta favela, donde viven unas 5.000 personas.
http://www.acme23.com.br/

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Acme es un grafitero autodidacta, uno de los primeros que expuso en una galería de arte de Rio (Haus Arte Contemporânea). Es autor de centenares de obras dentro y fuera de la favela. Trabaja para empresas, particulares, ha hecho varias intervenciones urbanas y performance en diversos eventos culturales.

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Aquí dejo una pequeña muestra de su obra. Bueno, no pondría la mano en el fuego de que todos esos grafitis son suyos. Le debe que haber salido algún que otro imitador…

En Cantagalo con Thayná

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Desde que he salido de Santa Marta, es más difícil encontrarme con Thayná, la hija de Gilson, que está participando en mi proyecto de fotografía. Ella vive en Pavão, uno de los barrios que, junto a Pavãozinho, constituye la favela de Cantagalo.

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Gallinas en Cantagalo

Gallinas en Cantagalo

Thayná me muestra ángulos desconocidos de la favela, como el morro de Serafin, del que se puede apreciar unas vistas maravillosas de la playa de Copacabana.

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También descubro que en Cantagalo hay un bondinho parecido al de Santa Marta…

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…que el polvo de las obras ha llegado hasta esta favela…

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…y que los gatos, las conexiones clandestinas a la red eléctrica, son enormes.

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Es una delicia recorrer junto a ella los recovecos de su favela. Toca desde hace años en un grupo de batucada, acaba de actuar con una compañía de teatro… Todo el mundo la conoce y la aprecia.

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¡Mi Thayná es muy rica!

Thayná en la puerta de su casa

Thayná en la puerta de su casa

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Una vida provisional

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Rosilene vive desde hace tres años en una sala de 60 metros cuadrados, que era usada para reuniones y conferencias. Su ‘hogar’ está en el Brizolão de Cantagalo, al lado de una radio que lleva dos años cerrada. No tiene paredes, es un espacio diáfano en el que convive con su marido, sus cinco hijos de 18, 15, 10, dos años y 10 meses, y su hijastra de ocho años.

Rosilene vive desde hace tres años en el Brizolão de Cantagalo

Rosilene vive desde hace tres años en el Brizolão de Cantagalo

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Es la solución ‘provisional’ que le ofreció el Ayuntamiento de Rio tras derribar su barraca de madera ante el riesgo de un posible derrumbe. Y es la otra cara del Programa de Aceleração do Crescimento (PAC), un proyecto empezado en 2008 en varias favelas de Rio, cuyo objetivo es construir viviendas, escuelas, centros médicos y una red de transporte, como el teleférico del Complexo do Alemão. “Yo era mucho más feliz en mi barraca de dos metros por dos. Por lo menos era mía y no tenía esta sensación de vivir de prestado”, asegura con su voz dulce.

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Rosilene nació hace 33 años en la Rocinha, considerada la favela más grande de América Latina. Llegó a Cantagalo a los tres años. Se quedó embarazada a los 14. “El padre me abandonó. Todo el mundo me decía que era una locura seguir adelante con el embarazo, que lo diese en adopción, que abortase… Pero yo quería a mi hijo y nunca me arrepentí de mi elección”.

Rosilene se quedó embarazada a los 14 años

Rosilene se quedó embarazada a los 14 años

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En 2007 recibió los papeles de su casa, pero en 2010 fue derribada. Desde entonces, está a la espera de una nueva vivienda, y su situación se complica cada vez más. El Ayuntamiento amenaza con desalojarla del Brizolão sin ofrecerle una solución. “Me dejaron sin identidad al echarme de mi propia casa. Ya no tengo mi puerto seguro. Ahora vivimos una vida prestada. No es agradable”.

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Rosilene hace manicura a domicilio. Su marido es técnico de aire acondicionado. Sus dos hijos más pequeños nacieron aquí, en el Brizolão. “Podría irme a casa de mi madre, en la Rocinha, o de mi abuela materna. Pero sinceramente, somos ocho. ¿Quién puede hacerse cargo de nosotros? Ni a tu madre le puedes pedir un favor de este tipo. Además, no me parece justo. Ellos me arrancaron mi casa que yo misma había construido, la derribaron, me prometieron otra. ¿Por qué debería irme de aquí? No es mía la culpa de lo que ha pasado. Y no quiero depender de la ayuda de los parientes”.

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En el Brizolão, Rosilene tiene luz, agua y gas, pero hasta hace poco no le dejaban tender la ropa en la veranda, de las que goza de una vista privilegiada sobre la Lagoa. Cuenta que cuando la radio funcionaba aún, usaban la terraza de su casa para hacer barbacoas y traer a turistas extranjeros de visita. “Me tenían prohibido que los niños jugasen fuera. Tenían su negocio montado y no querían que nadie estropease sus ganancias”, cuenta.

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Ahora ya que la radio está cerrada, ya puede usar el espacio a su antojo, aunque muchos vecinos no ven con buenos ojos que goce de este privilegio. “Estoy luchando para tener mi esquinita, una casa que pueda decir que es mía, de mi marido, de mis hijos, de la que nadie nos pueda echar. Incluso me iría a otra favela si me ofreciesen una solución. El único problema es que tengo aquí una bisabuela de 83 años, no tengo a nadie que cuide de ella y tampoco quiero dejarla sola”.

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Pese a todo, Rosilene sonríe todo el tiempo. “No sirve de nada llorar o quejarse, contar una y otra vez mis problemas y agobiarme por ellos. Yo quiero ser feliz. Tengo cinco hijos maravillosos y un marido que me engaña todo los días diciéndome que me quiere. Y yo finjo creer a sus palabras. Somos felices, a pesar de todo. Tengo una madre que me quiere locamente y una viejecita (la bisabuela) que es deliciosa. ¿Qué más le puedo pedir a la vida?”.

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Una niña demasiado adulta

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–       Vivo aquí con mi padre, mi madrastra y sus cinco hijos. Estoy contenta. Aquí me tratan muy bien. Mi nueva madre es muy buena conmigo. Cuida de mí, me enseña muchas cosas, ahora soy una niña educada. Antes yo era maleducada, pero ella me está enseñando a comportarme. Todavía no voy al colegio. Llevamos tres años con el papeleo, pero demora mucho. Yo cada día ayudo a limpiar la casa, y después cojo el libro y estudio sola. Mi nueva madre me está enseñando a leer y a escribir, ya soy capaz de escribir un poquito.

–       ¿Cuántos años tienes?

–       Ocho.

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–       ¿Y prefieres estar aquí antes que con tu verdadera madre?

–       Sí. Me lo pensé muy bien, pero al final, tomé la decisión correcta. Mi madre me pegaba mucho. Me dejaba los brazos llenos de moratones. Una vez me dejó la mejilla muy hinchada de tanto pegarme. Las marcas en los brazos iban desapareciendo, pero en la cara no. Yo vivía con el miedo de ser pegada. Mi madre siempre decía que no hablara con nadie cuando ella salía de casa, pasase lo que pasase. Una vez se rompió el cable de la tele y yo tenía mucho miedo de recibir una paliza. Llamé al vecino y lo arregló. Pero cuando mi madre volvió y se enteró, me pegó muchísimo por haber dejado entrar al vecino. Yo le había llamado por miedo a la paliza. Y no sirvió de nada. Después me mandó a estar con mi abuela. Allí no querían que estudiase. Querían que hiciese todas aquellas cosas malas que hacen ellos, querían que fumase, que bebiese… Yo en cambio quería estudiar. Mi nueva madre, yo le digo mamá, porque cuida de mí, me da de comer. Cuando llegué aquí los niños me llamaban palillo de dientes de lo delgada que estaba. Ahora estoy un poco más gordita, ya no me llaman así. Ella dice que es muy importante que yo estudie, para tener un buen trabajo y no ser la esclava de nadie. Yo en mis sueños me veo con dos o tres hijos, pero también quiero estudiar. No sé cuando podré ir al colegio. Pero no me quejo, aquí estoy bien, me tratan bien.

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Josilene cuenta su historia entre sonrisas, mientras sujeta a su hermanstro de 10 meses entre sus brazos. Vive en el Brizolão, un edificio de gestión pública destinado a actividades sociales y formación que está en la favela de Cantagalo, entre Ipanema y Copacabana. Su familia fue destinada a este lugar cuando la casita de madera de Rosilene, la madrastra de Josilene, fue derribada por miedo a que se desplomase con las lluvias. Desde hace tres años, esta familia de ocho personas sobrevive de forma ‘provisional’ en un espacio no habitable, esperando a ser realojada.

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Encontronazo con los narcotraficantes de Cantagalo

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Todo el mundo se harta de repetir que la pacificación en realidad es un desarmamiento y que el tráfico de drogas sigue en las favelas de Rio. El mismo jefe de la Consejería de Seguridad del Estado de Rio, José Mariano Beltrame, ha declarado en varias ocasiones que las UPP pretenden acabar con el control armado del narcotráfico sobre el territorio y no con el narcotráfico en sí.

La semana pasada pude comprobar la fuerza del narcotráfico en la favela de Cantagalo.  Estaba caminando por una zona muy concurrida, cuando un chico me paró en la entrada de un callejón.

–       Aquí no puedes hacer fotos.

–       Ya lo sé, no te preocupes.

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La misma escena se repitió en varios callejones. Yo había colgado la cámara del hombro para que quedase claro que no iba a hacer fotos. En realidad, estaba interesada en retratar las vistas desde las favelas, más que la venta de crack y marihuana.

Ya he pasado por este tipo de controles en el Complexo do Alemão y normalmente la reacción de los vigilantes del cotarro es serena e incluso amistosa.

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Pero en Cantagalo cometí dos fallos. El primero: querer ir a pie en vez de coger el ascensor que comunica la favela con la plaza General Osorio, en Ipanema. Un grupo de traficantes menos simpáticos que los primeros se interesó por mi elección.

–       El ascensor está en la dirección opuesta.

–       Lo sé, pero quería ir andando.

–       ¿Por qué?

–       Por nada, me apetece caminar.

–       No puedes hacer fotos.

–       Lo sé, no te preocupes, no tengo ningún interés.

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Segundo error: doblar la esquina. El escenario había cambiado por completo. El callejón estaba mucho más decaído. Una rata enorme me miraba con recelo.

–       ¿Te has perdido, muchacha?

–       No, quería ir andando…

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De repente, llegó un chico muy alterado, gritando que no podía hacer fotos. Intenté hablar con él, pero enseguida entendí que estaba tan drogado, que no había conversación posible. Me vi rodeada de cinco personas. El muchacho controlaba mis fotos de forma compulsiva. Yo debí de poner tal cara de susto que se apresuró a decirme: “No te preocupes, no voy a hacerte nada”.

La foto de la discordia

La foto de la discordia

Esta foto generó su furia. Yo no entendía. Le seguía diciendo que era la foto del hostal, mientras él me preguntaba una y otra vez el por qué de aquella imagen. Al final me devolvió la cámara.

–       Puedes bajar.

–       Ya no quiero, me voy en el ascensor.

–       Te he dicho que puedes bajar.

–       Ya, pero veo que mi presencia os incomoda y no quiero problemas.

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Comencé a deshacer el camino y tuve que explicar en todos los puntos de control por qué había cambiado de opinión.

–       Había un chico que se ha puesto muy nervioso…

–       Porque le habrás hecho una foto.

–       Que va. Para nada.

–       Disculpa, pero la Policía nos hace fotos desde el otro lado de la favela. No nos gustan las cámaras.

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He necesitado dos días para descifrar la imagen que enfureció a mi amigo, el narcotraficante. Al final, he entendido: encima de la flecha hacia el hostal, estaban pintadas las letras C.V.P.P.C. Significa Comando Vermelho de Pavão, Pavãozinho y Cantagalo. Es la poderosa organización que controlaba el narcotráfico en las favelas de Rio.

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Mi mirada (ingenua) de europea se estaba sorprendiendo de la presencia de un hostal dentro de la favela. La mirada del narcotraficante veía en mí una reportera cotilleando en los recovecos del narcotráfico.

¿Ésta es la pacificación? ¿No poder andar libremente por un espacio público?

El espinoso tema de la pacificación

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–       La pacificación es un asunto para cretinos.

–       ¿Por qué?

–       Porque el tráfico de drogas sigue, sólo que ahora está encubierto.

–       Beltrame [el jefe de la Consejería de Seguridad del Estado de Rio de Janeiro] nunca dijo que quería acabar con el tráfico de drogas. Sólo con la violencia.

–       Ya, ¿pero qué sentido tiene? Ahora son los Policías que tienen los fusiles. Y matan a inocentes. La violencia sólo ha pasado a nuevas manos.

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He tenido esta misma conversación, con pequeñas variaciones, con varias personas aquí en Rio de Janeiro. Por  mucho que intente argumentar que una comunidad sin tiroteos genera un ambiente más próspero, soy incapaz de vencer la barrera ideológica de mis interlocutores, desencantados con la corrupción endémica de la clase política y de la Policía.

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Obras públicas en la favela de Cantagalo

El último intento fue con Pedro, un músico que trabajó durante tres años en la UPP social, el brazo social de la Policía Pacificadora.

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Obras públicas en la favela de Cantagalo

–       La Policía reprime a los habitantes de las favelas, sus fiestas funk, sus formas de expresión. Ejerce mucha violencia.

–       Pero… ¿tú cómo lo harías? Las favelas se habían convertido en una tierra de nadie, con bandidos armados que controlaban el territorio.

–       ¿Y de quién es la culpa?

–       Ya sé que vas a decir. El Estado lo permitió. Pero esto es historia. La realidad es que había una guerra no declarada, una guerra que había llegado al asfalto y que estaba causando muchas muertes con sus balas perdidas. Había que pararla.

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Obras públicas en la favela de Cantagalo

–       Sí, para que el Mundial y los Juegos Olímpicos se desarrollen con tranquilidad.

–       ¿Y qué hay de malo en esto? Han aprovechado la oportunidad. Ahora apenas hay tiroteos. ¿No es objetivamente positivo eso?

–       Sí, pero a un precio muy alto.

–       ¿Se te ocurre una forma mejor de hacerlo? ¿O era mejor no hacer nada y dejar todo como estaba?

–       (Silencio) ¡Qué preguntas haces! Es muy complicado responder.

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La favela de Cantagalo

Me pregunto cada día si tengo una visión de gringa del asunto o si simplemente mi mirada está más libre de prejuicios. Pese a conocer todos los fallos de la pacificación, no dejo de pensar que es un fenómeno muy positivo para las favelas y la ciudad de Rio. Que es un buen comienzo. Que el vaso está medio lleno o medio vacío, y cada uno ve lo que quiere ver.

La batalla del passinho

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Comenzó hace tres años en Rio de Janeiro como un fenómeno juvenil de los suburbios. Adolescentes de varias favelas empezaron a innovar al ritmo del funk, la música que suscita tanto rechazo social por sus letras machistas e hipersexuales y por haber sido la bandera cultural de los traficantes de droga. La clave de su éxito: hacían videos de sus proezas y los colocaban en Facebook y en Orkut, la red social brasileña, hoy desaparecida.

http://www.youtube.com/watch?v=0EL6vUZ_c18

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El passinho es un fenómeno cultural genuinamente carioca, que ya empieza a ser imitado en otras ciudades de Brasil. Es un baile que requiere rodillas a prueba de bomba porque mezcla funk, hip hop, break dance, samba, forró y frevo, una danza pernambucana derivada del maxixe, que anima las calles de Recife y Olinda durante el carnaval:
http://www.youtube.com/watch?v=F4Xkb-RMrL4

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De tanto circular por las redes sociales y el youtube, el passinho se convirtió en moda y los bailarines comenzaron a ser invitados en importantes programas de televisión, como el canal de la famosísima presentadora Xuxa.
http://www.youtube.com/watch?v=5QLsMxbirwg

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Cuando Gambá (mofeta en español), un reconocido bailarín de la paupérrima favela de Manguinhos, fue asesinado a principios de 2012, el passinho se consolidó como una tendencia cultural que intentaba alejar el funk de los mensajes sexuales y la apología de las drogas.
http://www.youtube.com/watch?v=dO8IaqrF1j8

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La muerte del ‘Rei dos Passinhos’, que trabajaba como yeseros, abrió varios caminos en la investigación: se habló de un ajuste de cuentas con un traficante por haber bailado con su chica; de un ataque homófono por ser gay; y de una bala perdida de la Policía. Finalmente, la reconstrucción policial apuntó a un malentendido. Un guardia de seguridad le habría confundido con un ladrón y le habría asfixiado mientras intentaba reducirle.
http://extra.globo.com/casos-de-policia/suspeitos-confessam-crime-em-reconstituicao-da-morte-de-gamba-3992247.html

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Por aquel entonces, el passinho ya se había convertido en un tsunami en la red y en las favelas de Rio. Alguien vio un filón comercial en este nueva tendencia y así comenzaron las primeras batallas de passinhos, competiciones entres bailarines de varias favelas, que se desarrollan como campeonatos de fútbol con citas semanales en las distintas favelas de Rio.
http://www.youtube.com/watch?v=9JDZtOeYvEc

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Este mes conoceremos el ganador de la Batalha do Passinho de 2013. Coca Cola se encarga de patrocinar el evento, con un despliegue importantes de medios que incluye una amplia cobertura televisiva, famosos en el jurado y merchandising a tutiplén.

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Camilla Perfects, la ganadora de la vuelta en Cantagalo

Camilla Perfects, la ganadora de la vuelta en Cantagalo

Estas fotos son de la batalla de Cantagalo. Y aquí está el video de Cantagalo, donde aparece Camilla Perfects bailando.
http://www.youtube.com/watch?v=WuDFPgwHOQc

El 28 de abril sabremos quién es el nuevo ‘Rei dos Passinhos’, en la batalla final en Madureira, la favela que alberga la famosa escuela de samba Portela.

La increíble historia de Cássia

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En la favela de Cantagalo, situada entre dos barrios de lujo de la zona sur de Rio, Ipanema y Copacabana, vive Cássia, una mujer cuya historia merece un tratamiento aparte.

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Cássia trabajó 23 años en el Banco do Brasil. Tenía un cargo de responsabilidad y cuando llegó la crisis económica en la época de Collor de Mello, en la que los brasileños padecieron un corralito y perdieron todos sus ahorros, tuvo que empezar a despedir a varios subordinados. “Recuerdo el día que dije hasta aquí hemos llegado. Había un chico en mi departamento que había pasado por un grave problema de adicción al alcohol. Era un caso clarísimo de superación. Sabía que si le despidiese, volvería a caer en el abismo. No me dejaron opción. Ese día salí del trabajo llorando, lloraba tanto que no podía ni conducir. Y dije: no quiero más”.

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Cinco años después, Cássia supo que aquel chico se había suicidado. Mientras tanto, su vida había dado un vuelco radical. “Siempre me había gustado la música, y cuando dejé el banco, sin tener nada, comencé a estudiar de nuevo y encontré un trabajo como profesora de música en esta favela”. En aquel entonces, Cássia vivía en Tijuca, un barrio de clase media de la zona norte de Rio de Janeiro. Enseguida se dio cuenta que no era viable ir todos los días a Cantagalo, que todavía no estaba pacificada. Por eso, alquiló una casita dentro de la favela y para que le cuadrasen las cuentas, fue alquilando los cuartos de su apartamento del asfalto, donde vivía con su hijo.

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Desde 1999 hasta 2006, Cássia sobrevivió con un sueldo básico, dando clases de harmonía y canto a decenas de niños y adolescentes. Un buen día la ONG decidió cerrar el programa y migrar para otra favela, más necesitada según la dirección. Cássia se planteó ir con ellos, pero enseguida entendió que no podía dejar a sus alumnos, a sus madres, a una comunidad que la había acogido y había dado un nuevo sentido a su vida. Decidió quedarse, esta vez sin nada.

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“Tuve que alquilar todas las habitaciones de mi casa en Tijuca, pero el dinero no llegaba para nada, mucha parte iba a parar al nuevo programa de música, ya que no contaba con ninguna ayuda institucional. Al final, la madre de una alumna me ofreció la terraza de su casa. Me dijo que podía construir un pisito encima del suyo y que a cambio, no pagaría alquiler durante un tiempo”. La casita de Cássia fue construida con la ayuda de unos cuantos amigos y voluntarios. Algunos donaron ladrillos, otros horas de mano de obra. Y poco a poco, su nuevo hogar comenzó a tomar forma. “No tengo ni suelo, cuando llueve se encharca todo porque el techo es muy precario. Pero aquí estoy, aguantando”.

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Lo más increíble es que Cássia acoge en su casa a cuatro niños y a una madre soltera. “Daiana, Luiza e Ludmila son tres hermanas que vivían al final de esta calle. La salud de la madre es frágil. Un día, hace años, encontré a la recién nacida en un charco de lluvia, encima de un colchón empapado, cubierta de papel de periódico podrido. Llovía mucho dentro de la casa porque el techo de su casa estaba muy dañado. Hacía días que no le había cambiado los pañales, la pobre niña tenía llagas. La madre me rogó que me encargara de ella, y las hermanas vinieron atrás”.

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Desde la muerte del padre, Cássia, que lleva dos marcapasos, se encarga de su alimentación y educación. Las niñas la llaman ‘mamá’, pero no dejan de visitar a su verdadera madre todos los días.

–       ¿Por qué preferís vivir con Cássia?

–       Porque en casa de mi madre no comemos, no nos hace caso y además, no podemos hacer nada.

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Cássia deja que inviten a sus amiguitas en casa, que siempre está llena de niños jugando. También vive con ella Cleice, una ex alumna de su curso, una bailarina de samba con un cuerpo escultural. “Se enrolló con un narcotraficante y se quedó embarazada muy joven. Tras años de maltrato, un día me llamó y me preguntó si podía quedarse conmigo. Y aquí estamos, ella y Yuri, su hijo, que para mí es como un nieto”.

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Hoy Cássia mantiene a esta peculiar familia con la renta que consigue del alquiler de su apartamento. Dirige su propia ONG, Harmonicanto y asegura que nunca se ha arrepentido de su elección.
http://www.harmonicanto.org.br/a-associacao/historia/

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–       ¿No echas de menos una vida normal en una casa normal?

–       La verdad es que no. Soy muy feliz, he encontrado mi lugar.

–       ¿Y tus hijos? ¿Tu ex marido?

–       Durante  muchos años pensaban que estaba loca. Mi hijo, el que vivía conmigo, nunca quiso venir aquí para ver lo que estaba haciendo. Hasta que hace poco se acercó para conocer la ONG y me dijo: ‘Estoy orgullosa de ti’. Ahora que es adulto y padre, es capaz de entender mi elección. Es un alivio.

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–       ¿La favela ha mejorado con la pacificación?

–       Claro, está mucho más tranquila, aunque yo nunca tuve grandes problemas con los traficantes. Recuerdo la primera vez que vi a un bandido armado hasta los dientes. Me quedé pasmada. Luego te acostumbras a ver fusil para arriba, fusil para abajo. Y también te acostumbras a la pacificación.